Manifiesto brillante de Tom Ford

Rocío Alcántara

Colección primavera-verano 2026 de Tom Ford

Tom Ford nos presenta una colección repleta de combinaciones ideadas no para quienes quieren caminar, sino para aquellos que ansían conquistar el espacio que habitan. 

¿Cómo sería la noche si pudiese vivirse a plena luz del día? 

Este interrogante es sobre el que nos plantea reflexionar Tom Ford en su colección primavera-verano 2026.

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Una colección que se convierte en un auténtico manifiesto brillante, afilado y provocador. Combinaciones en las que se mezclan a la perfección el glamur nocturno con una frescura inesperada. 

Tom Ford apuesta por siluetas que recuperan el ADN inconfundible de la marca: sensualidad sin disculpas, líneas limpias y la elegancia peligrosa de quienes saben mirar de frente. 

Los trajes de dos piezas, cortesía del tailoring que tradicionalmente ha caracterizado a la marca, se reinventan con hombros más definidos, cinturas marcadas y pantalones que caen con una fluidez casi líquida. 

Para la próxima temporada, Ford presenta a una mujer que se convierte en figura magnética, consciente de su poder, capaz de entrar en cualquier lugar y hacer que todas las miradas se vuelvan hacia ella sin tener que pronunciar palabra. 

Las texturas, por su parte, se convierten en un verdadero espectáculo. Lamés que parecen derretirse sobre la piel, satén que refleja como espejos suaves, cuero flexible tratado para el verano, lentejuelas finísimas que se mueven como agua quebrada. 

Tom Ford parece tener una clara obsesión por el brillo, pero no como adorno, sino como idioma: en esta colección, la luz es parte de la personalidad de cada prenda. Todas y cada una de las piezas que dan forma a la colección parecen estar diseñadas para capturar flashes, para moverse con la energía de una fotografía viva. 

De los tonos vibrantes se pasa a una paleta más sofisticada, donde los negros profundos, los platas helados y los blancos ópticos dibujan un nuevo paisaje: la noche, pero reinterpretada como un territorio futurista. Vestidos asimétricos abrazan el cuerpo en diagonales que revelan más de lo que ocultan, faldas de cuero blanco se combinan con tops mínimos metálicos que desafían la idea misma de ligereza, túnicas transparentes se superponen sobre piezas cortas en un juego entre cubertura y provocación.

Y luego llega el momento Ford por excelencia: el regreso del glamur clásico, pero empapado de modernidad.

Los vestidos largos, ceñidos, de escote profundo y caída perfecta, hacen su aparición como un homenaje a la mujer felina, sofisticada, impredecible. Estas piezas parecen creadas para noches en las que el calor del verano se mezcla con el deseo de no pasar desapercibida. Aquí es donde se reconoce la firma del diseñador: un equilibrio preciso entre poder y belleza, entre fuerza y deseo.

Los detalles se convierten en auténticos guiños al pasado y al futuro. Bolsillos que pasan inadvertidos y no alteran los patrones, cierres metálicos que funcionan como si de joyas se tratase, tirantes que se enroscan como serpientes de luz, lentes de sol geométricas que parecen sacadas de una película futurista.

Todo está realizado al milímetro para seducir sin caer en lo evidente. El lujo está presente pero nunca es ruidoso; es un lujo que se lleva en la actitud antes que en el logotipo.

La colección de Tom Ford es mucho más que una colección. Es la celebración de quienes ansían vivir la vida desde un escenario, de quienes entienden que cada día y cada noche merecen una entrada espectacular. Es una clara invitación a brillar sin miedo y sin permiso. 

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