Bioarte: la vida como declaración político-estética

Neo

La historia del arte moderno es una saga de materiales rotos y fronteras borradas. Marcel Duchamp liquidó la noción de habilidad con el ready-made. El arte conceptual hizo que la idea primara sobre la ejecución. Pero ha sido el siglo XXI el que ha ejecutado el acto final: la muerte del medio inerte.

Hoy, la vanguardia más incisiva se llama Bioarte, una disciplina donde el lienzo es una placa de Petri, el pincel es una pipeta, y la materia prima ya no es el pigmento o el mármol, sino el ADN, la célula viva, el tejido en crecimiento. .

El Bioarte, o Arte Biológico, es la práctica artística que utiliza organismos vivos, procesos biológicos o biotecnologías como componente central de la obra.

De la representación a la presencia viva

El arte tradicional se basa en la representación, en la imitación de la vida. El Bioarte opera en la presencia viva. La obra no parece una célula o un ecosistema; es una célula o un ecosistema.

Este salto es monumental. El artista renuncia a la estabilidad. La obra de arte ya no es una forma fija y terminada; es un proceso dinámico, un ser sometido a la biología: al crecimiento, a la mutación, a la alimentación y, finalmente, a la decadencia. El artista, por lo tanto, no es solo un creador, sino un cuidador, responsable de las condiciones que permiten a su medio vivir o morir.

El salto filosófico

La verdadera potencia del Bioarte es su capacidad para forzar la confrontación. Utiliza las herramientas de la ciencia (la manipulación genética, el cultivo de tejidos) no para curar o crear productos, sino para generar preguntas éticas y estéticas.

Nos obliga a reconsiderar dónde trazamos la línea de la vida, qué significa la autoría cuando el organismo toma el control del proceso creativo, y, fundamentalmente, nos confronta con el biopoder: la capacidad, reservada a las élites científicas y corporativas, para codificar, manipular y, en última instancia, controlar los procesos biológicos de la vida. Es un arte intrínsecamente político.

El laboratorio como galería de la bioética

Al sacar los complejos y a menudo secretos protocolos del laboratorio y exhibirlos en el espacio público de la galería, el Bioarte democratiza un debate crucial.

La sala de exposiciones se convierte en un laboratorio de pensamiento, donde el público no es solo un espectador, sino un jurado que debe ponderar la moralidad de lo que está viendo.

Esta práctica se ha convertido en una pieza fundamental de la alfabetización biológica y tecnológica en un momento en que el transhumanismo, la edición genética y la inteligencia artificial amenazan con redefinir los límites de nuestra propia especie.

Las herramientas del nuevo demiurgo (el kit de bioarte)

El Bioarte se apodera de las tecnologías de vanguardia para subvertir sus fines originales. El kit del bioartista es el mismo que el de cualquier laboratorio de I+D, pero su propósito es desatar la crítica en lugar de la patente.

El Wetware como pigmento: ADN y células vivas

El material esencial del Bioarte es el wetware, el hardware húmedo de la vida, que va desde los bloques constructivos del ADN hasta organismos complejos.

  • Manipulación genética (Transgénesis): Es la técnica más incendiaria. Permite al artista transferir material genético de un organismo a otro. No es solo pintar una imagen de un gen; es reescribir la sintaxis de la vida y crear formas que la evolución natural no contempló.
  • Cultivo de tejidos: Permite cultivar células vivas (in vitro) para crear «esculturas» que tienen la materialidad de la carne o la piel, pero que existen sin un cuerpo. Esto fuerza la pregunta sobre la identidad corporal y la autonomía de las partes. ¿Una célula sin cuerpo es solo material, o sigue siendo vida?
  • Biología sintética: El sueño ingenieril de la biología, que busca diseñar y ensamblar sistemas biológicos funcionales desde cero. El Bioarte utiliza esta tecnología para explorar la noción de la vida como código programable, cuestionando la ética de esta programación antes de que se comercialice.

Alba, el conejo fluorescente, y la crisis de la autoría

El hito fundacional del arte transgénico, y quizás la obra más mediática de la disciplina, es «GFP Bunny» (2000), concebida por el artista brasileño-estadounidense Eduardo Kac.

Kac encargó la creación de Alba, una coneja albina modificada genéticamente con un gen de medusa que la hacía brillar de color verde fosforescente bajo una luz específica.

El statement

Kac buscó generar un debate público sobre la integración de los animales transgénicos en la sociedad, y abogó por que Alba fuera considerada una obra de arte, un «sujeto de arte» con el cual el artista debía establecer una relación dialógica y de cuidado, en contraposición al uso instrumental que hace la ciencia y la industria.

La controversia de la ausencia: 

Paradójicamente, el laboratorio se negó a entregar a Alba, temiendo la controversia. Esta censura convirtió la pieza en un fenómeno aún más poderoso: se transformó en una obra conceptual sobre la invisibilidad y el control biopolítico.

La obra más famosa del Bioarte es una que el público solo conoce a través de la documentación, exponiendo que el poder sobre la vida está, en última instancia, en manos de las instituciones, no de los artistas.

Bioarte en la lente iberoamericana: territorio y resistencia

Los pioneros del bioarte

Mientras que el Bioarte en el eje angloamericano a menudo se centra en el transhumanismo y el futuro de la tecnología, en el ámbito hispano la práctica está profundamente anclada en el territorio, la precariedad y la historia de la explotación biológica.

La biodiversidad latinoamericana y la tradición crítica española otorgan al Bioarte una resonancia sociopolítica única, a menudo alejada de los laboratorios asépticos y centrada en la denuncia ambiental y la identidad corporal.

Las biopoéticas disidentes

La investigadora y artista argentina Ana Laura Cantera acuñó el término «Biopoéticas» para diferenciar la práctica latinoamericana del Bioarte mainstream. Esta distinción es crucial y nace de una realidad material.

El laboratorio como ecosistema: 

Ante la escasez de los costosos biolaboratorios con alto nivel de esterilidad, las Biopoéticas territorializan la práctica. Los artistas trabajan con lo que tienen: muestras de agua de ríos contaminados, microorganismos de crecimiento espontáneo en ambientes urbanos, o materiales biológicos de origen ancestral.

Agencia no-humana: 

Esta aproximación fuerza una ética del cuidado multiespecie. En palabras de Cantera, no hay confinamiento de seres vivos, sino que son ellos los que «eligen habitar los mundos de la obra».

La pieza es una co-creación donde la agencia de la bacteria, el hongo o la planta se reconoce como un factor incontrolable y esencial.

Cuerpos y ecosistemas en conflicto

Los ejemplos clave ilustran esta profunda conexión entre el arte biológico y el contexto sociopolítico de la región:

Edith Medina (México) y el biopoder íntimo: 

Pionera en México, Medina trabaja con la materialidad del cuerpo que se desecha o pasa desapercibido, como lágrimas o piel muerta. En su obra, los fluidos corporales se cultivan o se procesan para crear nuevos biomateriales o «lienzos». 

Este trabajo es una crítica directa a cómo la tecnociencia y la sociedad (el biopoder) clasifican, miden y controlan los cuerpos, especialmente los cuerpos vulnerables, al convertir lo íntimo en un dato biológico.

Joaquín Fargas (Argentina) y la crisis del antropoceno: 

Fargas, ingeniero y artista, se enfoca en proyectos de arte y sostenibilidad a gran escala. Su Proyecto Biosfera consiste en ecosistemas cerrados y autorregulados, pequeños «planetas-Tierra en miniatura» que requieren solo luz para sobrevivir. 

Al exponer estas esferas en paisajes extremos (como el desierto o la Antártida, con su proyecto Glaciator), Fargas transforma la fragilidad de estos sistemas cerrados en una metáfora urgente de la Tierra, forzando la conciencia ambiental y la ética del cuidado en un contexto de crisis climática.

Regina de Miguel (España) y la deconstrucción de la ciencia: 

En España, artistas como Regina de Miguel (Málaga, 1977) se centran en la crítica de la imagen científica y la hegemonía del conocimiento. 

A través de instalaciones y audiovisuales, De Miguel no trabaja directamente con organismos, sino que utiliza las estéticas, los instrumentos y los datos de la ciencia para generar «ficciones posibles» que reescriben o cuestionan el relato supuestamente objetivo de la investigación. 

Su trabajo se nutre de la filosofía de la ciencia y el ecofeminismo, poniendo en evidencia que la ciencia, como cualquier discurso, está cargada de intereses y poder.

La materialidad ineludible: muerte, vulnerabilidad y proceso

El Bioarte es la única disciplina que confronta al espectador con la fragilidad intrínseca de su medio. Este arte no solo tiene un ciclo de vida, sino que su inevitable final es, a menudo, su culminación conceptual.

El espejo de la caducidad: la muerte como statement

La decadencia en el Bioarte es un componente estético. Un cultivo de bacterias puede crear patrones vibrantes, pero una vez que agota su nutriente o es invadido por otro organismo, comienza a morir.

  • Crítica a la inmortalidad digital: En una cultura obsesionada con el backup de datos y la prolongación indefinida de la vida a través de la tecnología (el transhumanismo), el Bioarte es un recordatorio materialista y urgente de que la existencia es efímera. La obra nos obliga a revalorizar el presente, sabiendo que estamos viendo el punto medio de una vida con fecha de caducidad.
  • El arte como reliquia: Debido a esta impermanencia, la pieza final que queda en los archivos no es el organismo vivo, sino su documentación (fotografías microscópicas, videos time-lapse). La obra se convierte en el registro de un evento vital que ya terminó, elevando el acto de la documentación al estatus de testimonio estético.

El científico como co-autor ético: la transdisciplinariedad como resistencia

El Bioarte solo existe a través de la transdisciplinariedad. El artista debe buscar activamente al genetista, al microbiólogo o al biólogo molecular para ejecutar su visión.

  • Desmantelando el antropocentrismo: La figura del científico-colaborador ayuda a desmantelar la arrogancia de la figura del artista individualista. Ambos, artista y científico, se convierten en co-autores de un proceso, donde la creatividad se somete al rigor del método empírico.
  • El artista como desviador: En el contexto de los países hispanos, esta colaboración es a menudo un acto de «desvío» de recursos y conocimiento. El artista roba o pide prestado el know-how de las élites científicas para ponerlo al servicio de la crítica cultural, cuestionando la neutralidad del conocimiento científico y la forma en que se comunica al público. Se convierten en los «bio-hackers» del sistema.

La vida como código y el futuro de la pregunta

laboratorio de bioarte

El Bioarte es más que un género; es la conciencia crítica de la era genómica. Su futuro no solo reside en la tecnología, sino en la intensidad con la que continuará forzando el debate público.

El desafío de la biología sintética: de la crítica a la co-creación

La nueva frontera es la Biología Sintética. Ahora que podemos diseñar la vida con la misma precisión que se diseña un software, el Bioarte explora las implicaciones de este poder:

  • Diseño funcional y ético: Los artistas ya están incursionando en el bio-diseño funcional, creando materiales vivos (como bioplásticos o textiles basados en bacterias) o sistemas biológicos que actúan como sensores ambientales. El arte deja de ser solo contemplativo para adquirir una utilidad regenerativa, obligándonos a preguntar si el arte puede ser sostenible per se.
  • El poder de nombrar: Al diseñar nuevas formas de vida, el artista asume el poder de nombrar y clasificar, un acto con profundas implicaciones históricas en el mundo hispano, donde el mestizaje y la taxonomía racial han sido herramientas de control social.

Bioarte: un manual de alfabetización biopolítica

En un futuro que parece estar cada vez más controlado por los algoritmos y los genes, el Bioarte es la interfaz humanista entre el público y el laboratorio.

  • Resistencia y debate: Esta práctica nos da el vocabulario estético y ético para enfrentarnos a la manipulación de nuestra propia especie. Es esencial para el debate público en el mundo hispano, donde la biotecnología a menudo llega envuelta en narrativas de progreso sin la debida crítica social.
  • La última frontera del arte: En última instancia, el Bioarte nos obliga a un reencuentro con la materia. Es un antídoto contra la abstracción digital, un ancla a la realidad de que somos seres húmedos, vulnerables y profundamente biológicos. El arte ha llegado a su última frontera, y esa frontera es nuestra propia carne y nuestro propio código. La vida no es solo el objeto del arte; es el espejo de nuestro poder y nuestra fragilidad.

El debate sobre quién controla el código de la vida no puede quedarse en el laboratorio.

El Bioarte es solo la punta del iceberg de un futuro donde la tecnología y la biología se fusionan con la identidad y el poder. ¿Está listo para descifrar el código del mañana?

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