Desde sueños eróticos hasta pesadillas, pasando por el insomnio, paraísos artificiales y sonambulismo, son temas oníricos que fascinan nuestro subconsciente. Aparecen reflejados en pinturas, esculturas, dibujos y objetos a lo largo de los siglos.
Muchos artistas han explorado el proceso de conciliar el sueño, un tema que ha inspirado a pintores y escritores desde la antigüedad.
Profundizando en sus placeres y perturbaciones, admiramos obras maestras de Delacroix y Goya y objetos científicos relacionados con la investigación del sueño.
En Mitología griega, Hipnos personificaba el sueño. Era el hermano gemelo de Nix, hijo de la noche. Tánatos, que simboliza la muerte natural, actúa como agente de Hades, quien transporta a los muertos al inframundo de forma pacífica.
El psicólogo Sigmund Freud, definició Tánatos como pulsión de muerte, autodestrucción y agresividad, opuesta a Eros, pulsión de vida.
Entre Hipnos, Eros y Tánatos, este estado de descanso ha inspirado a artistas infinitas historias sobre la tranquilidad o la angustia que provoca a los durmientes.

El sueño, placer sensual, asociado con el dormitorio, es un espacio-tiempo íntimamente ligado a la sensualidad.
Encontramos un apacible escape en versos del poeta soñador John Faed, contemplando con asombro un paisaje romántico, las sugerentes ninfas de Ingres o las esculturas de Auguste Rodin, con sus figuras entrelazadas de Cupido y Psique.
Este estado de tranquilidad alcanza una dimensión mística en la obra del simbolista Odilon Redon.
También ilustra la delicada escena de una madre dormida junto a su hijo, obra de Joaquín Sorolla.
«Dulce sueño, llegas como pura felicidad…»
Goethe
Sueños llenos de sueños, noches de inquietud. Sin embargo, al alejarse de Tánatos, el sueño no deja de ser oscuro.
Es incluso el último reino de los relatos más extraños, como las criaturas nocturnas dibujadas por Alfred Kubin, los grabados simbolistas de Jean-Jacques Grandville o el retrato de un búho nocturno pintado por Edvard Munch.
Atormentado por pesadillas, el durmiente viaja a mundos excéntricos, angustiosos, irracionales o intenta escapar de ellos permaneciendo despierto.
Tanto si dormimos bien como si sufrimos de insomnio crónico, inevitablemente nos encontramos inmersos en este ineludible imperio onírico.

El sueño se convirtió en un tema simbólico, rico en interpreta-ciones, tanto místicas como científicas.
Los Siglos XIX y XX, permiten explorar el impacto del Romanticismo, la industrialización y el nacimiento del psicoanálisis con Sigmund Freud.
La imagen del durmiente plantea interrogantes: ¿se ha quedado dormido repentinamente? ¿O ha exhalado su último aliento y jamás volveremos a ver sus ojos abiertos?
Los artistas juegan con esta ambigüedad, yuxtaponiendo rostros soñolientos con rostros de muertos. Como la fotografía de Victor Hugo tomada por Felix Nadar en su lecho de muerte, o el retrato de la fallecida Camille, obra de su marido Monet.
Similar es el tema bíblico Resurrección de la hija de Jairo de Gabriel von Max. La niña no está muerta, sino dormida.

Paul Rubens pintó a sus sobrinos abandonados al sueño. Continúa toda una tradición en el siglo XIX con pintores suizos como Albert Anker. Descubrimos magníficos lienzos con niños durmiendo, como Mi segundo sermón (1864) de John Everett Millais y la conmovedora Vendedora de violetas de Fernand Pelez (1885).
Según la tradición cristiana, en los últimos momentos de la vida de la Virgen, la Dormición (significa sueño en latín) precede a la Asunción. Los doce apóstoles aparecen reunidos alrededor del lecho de la Virgen Maria moribunda antes de su ascensión al cielo.
La exposición explora la conexión entre los dos hijos de Nix, diosa de la Noche en la mitología griega: Hipnos y su hermano gemelo Tánatos, representando el Sueño y la Muerte.
Este gran lienzo es obra de la pintora prerrafaelita londinense Evelyn De Morgan. Representa a la Noche tomando del brazo al Sueño, quien sostiene un ramo de amapolas. Sus dos figuras flotan en el cielo, y el gran manto de la Noche envuelve por completo el cuerpo del Sueño.

Maximilen Pirner ofrece una visión romántica del sonambulismo. Una joven en camisón, se mantiene en equilibrio sobre una cornisa, como si el sueño la llevara por una pasarela frágil, al borde de un precipicio. Con la cornisa en primer plano la artista refuerza la sensación de desequilibrio.
Vemos un autorretrato inquietante de Edvard Munch, con ojos cavernosos, titulado El sonámbulo.
En contraste, una divertida pintura de Ditlev Blunck, La pesadilla, donde una especie de mono con cabeza de liebre aparece sobre el cuerpo lánguido de una joven.
La Siesta de Michael Ancher, muestra una joven vestida de azul, dormitando plácidamente en un banco. Capta esa pausa donde el tiempo se detiene.
Un desvío a través de los orígenes bíblicos con Le Sommeil de Saint Pierre de Giuseppe Petrini nos transporta a zonas más profundas, donde el sueño se convierte en sinónimo de sueños, deseo, ansiedad e incluso muerte.
La escultura La Pisana de Arturo Martini muestra una mujer desnuda tumbada, sorprendida en pleno sueño. Nos inspira una fusión de sentimientos: sensualidad y serenidad.
La sorpresa final es Chambre d’un collectionneur romantique de Charles Matton, reconstrucción en miniatura de un dormitorio desordenado.

¿De qué otra manera podría terminar una exposición así sino donde el sueño cobra forma?
Bañada en tonalidades amarillas, esta última sala recrea el dormitorio, santuario para los amantes de la siesta. Cada pequeño detalle nos cautiva, desde las zapatillas abandonadas a los pies de la cama hasta la silla cubierta de ropa, esa imagen tan familiar donde todos somos culpables… Nos encanta descubrir la evolución de este espacio íntimo, desde una habitación privada y velada hasta un lugar de entrega total y sensualidad.
Pasamos un promedio de un tercio de nuestra vida durmiendo. Tenemos una serena visión del sueño, concebido como pura felicidad, como un instante de evasión de las preocupaciones de la vida.
Sucumbimos a estas deliciosas obras donde sus protagonistas han caído en los brazos de Morfeo.
La reciente exposición El imperio del sueño nos recuerda que los lienzos también sueñan. Y que, a veces, es mejor cerrar los ojos para ver con mayor claridad.











