Mucho antes de que los supermercados iluminaran nuestras noches y las cadenas de suministro trajeran cualquier fruta en cualquier estación, la gente vivía, comía y cocinaba al ritmo inmutable de lo salvaje.
El amanecer marcaba la búsqueda, la luna llena dictaba el ciclo, y el viento susurraba dónde encontrar el siguiente bocado. Los ríos, los bosques, los campos, la misma costa… eran nuestras primeras despensas, generosas y misteriosas.
Hoy, en medio de sistemas alimentarios industriales que nos prometen todo al instante, la cocina con alimentos silvestres no es solo una moda. Es una llamada. Una invitación radical a volver a lo esencial, a ese lugar donde la comida se encuentra, no se fabrica.
No es un retroceso al pasado, sino un paso adelante hacia la conexión con el lugar, el presente y un propósito más profundo. No va solo de ingredientes, no.
Va de intimidad con la tierra, de escuchar sus ritmos, de honrar su sabiduría. Es un diálogo, una danza, una redescubrimiento de un lenguaje que casi olvidamos que sabíamos hablar.
«Foraging»: La palabra de moda para algo que ya hacían nuestros abuelos

En una era donde la comida llega en envases estériles, despojada de su historia y su origen, el acto de recolectar, o como se ha puesto de moda decir, hacer «foraging», ha trascendido de una simple tarea a una declaración profunda.
Es una peregrinación consciente hacia lo salvaje, una elección deliberada de salir de los pasillos ordenados del supermercado y adentrarse en el hermoso caos indómito de la naturaleza.
Es una inmersión, un bautismo sensorial en el ‘terroir’ que da forma a cada hoja, a cada raíz, a cada hongo. El recolector moderno no es solo un colector de alimentos; es un lector de paisajes, un estudiante de ecosistemas y un participante en la gran narrativa cíclica de la tierra.
En España, esta «moda» tiene un eco especial. No es algo ajeno, importado y sin raíces. Es, en esencia, volver a conectar con una sabiduría que pervive en la memoria colectiva, en los refranes populares, en el conocimiento de nuestras abuelas.
¿Quién no ha visto a su abuelo ir a coger espárragos trigueros en primavera? ¿O a sus tíos salir al monte en otoño, cesta en mano, a buscar setas? La diferencia es que ahora le hemos puesto una etiqueta inglesa y lo hemos elevado a categoría de arte culinario. Pero el espíritu es el mismo: la conexión con el entorno, la paciencia de la búsqueda, la alegría del hallazgo.
El supermercado más antiguo del mundo está bajo tus pies
La recolección está grabada en la propia fibra de nuestra ascendencia. Durante milenios, fue el acorde fundamental de la existencia humana, una cuestión de supervivencia inmediata.
El conocimiento de qué baya nutría y qué raíz envenenaba era una moneda más valiosa que el oro, transmitida de generación en generación como un texto sagrado de sostenibilidad.
Cada búsqueda de setas después de una lluvia purificadora, cada recolección de hierbas costeras besadas por la brisa salina, era un acto dictado por la necesidad.
Hoy, para la mayoría en España, esa urgencia primordial se ha desvanecido. Sin embargo, en su lugar, ha florecido algo notable. La recolección ha renacido, transformándose de un oficio de supervivencia en una rica filosofía culinaria y ecológica.
Ya no se trata únicamente de llenar el estómago, sino de alimentar el alma. Es un acto deliberado de reconexión en un mundo que defiende la desconexión.
Es una práctica arraigada en el respeto por la intrincada red de la vida, un profundo conocimiento de la botánica y la ecología, y una clara intención de recolectar de una manera que honre y sostenga el medio ambiente.
El chef moderno o el cocinero casero que recolecta no solo busca un nuevo ingrediente; busca una nueva relación con el mundo, una construida sobre la paciencia, la observación y la reciprocidad.
Nuestro «supermercado» más antiguo, el campo, la montaña, el litoral, nos espera, lleno de productos de temporada, orgánicos y con una historia que contar.
¿Por qué ahora? El placer de cocinar lento en un mundo rápido
¿Por qué este resurgimiento ahora de la cocción lenta, cuando la tecnología nos permite tener acceso a cualquier alimento en cualquier momento? La respuesta es sencilla y profunda: estamos agotados de la artificialidad.
Anhelamos lo auténtico, lo que tiene sabor a verdad, a tierra, a estación. La cocina con ingredientes silvestres es una antítesis poderosa al ritmo frenético de la vida moderna. Nos obliga a detenernos, a observar, a ralentizar.
Cada paseo por el bosque en busca de setas, cada agacharse para recoger un manojo de espárragos, cada momento pelando moras con las manos manchadas de púrpura, es una pausa consciente.
Es una meditación en movimiento. Y esa lentitud se traslada a la cocina. Los ingredientes silvestres suelen requerir una preparación más esmerada, una atención más íntima.
No son uniformes; cada uno tiene su carácter, su forma, su historia. Cocinar con ellos es un acto de respeto, de paciencia, y en última instancia, de profundo placer.
Es el lujo de la espera, de la sorpresa, de la conexión. Es el regalo de la imperfección y la singularidad en un mundo que persigue la estandarización.
Es un recordatorio de que la verdadera abundancia no está en la cantidad, sino en la calidad y el significado de lo que ponemos en nuestro plato.
¿Qué tesoros esconde de verdad el campo español?

La prodigalidad de lo salvaje es tan diversa como los paisajes que la acunan. Lo que recolectamos no es simplemente una lista de elementos, sino una colección de historias, cada una hablando de un tiempo y un lugar específicos.
Estos no son productos estáticos, sino regalos efímeros de la tierra, que en España, cobran una dimensión especial gracias a su rica geografía y su arraigada cultura popular.
La fiebre del otoño: Cuando el bosque se llena de buscadores de setas.
Si hay una imagen que define la recolección en España, es la de la «fiebre del otoño» y la búsqueda de setas. Cuando las primeras lluvias del final del verano besan el suelo y las temperaturas bajan, los bosques se transforman en escenarios de un ritual ancestral.
Miles de españoles, equipados con cestas de mimbre (nunca bolsas de plástico, ¡para que las esporas se dispersen!) y navajas, se adentran en el monte.
El reino fungi es vasto y misterioso, y la micología una ciencia que combina el rigor con la pasión. Los níscalos (Lactarius deliciosus), con su color naranja cobrizo y su savia que tiñe los dedos, son un clásico indiscutible.
Su sabor terroso y ligeramente resinoso nos evoca directamente el pinar donde nacen. Los boletus (Boletus edulis), majestuosos y carnosos, son el rey de los hongos, con un aroma que embriaga y una textura que se deshace en la boca, perfectos para risottos o simplemente a la plancha.
Pero el bosque ofrece mucho más que estos dos gigantes. Las senderuelas (Marasmius oreades), humildes y gregarias, aparecen en prados y bordes de camino, ideales para caldos y arroces.
Los gurumelos (Amanita ponderosa), joyas del sur, o las trompetas de la muerte (Craterellus cornucopioides), que pese a su nombre evocador son un manjar oscuro e intenso.
La magia del otoño en los bosques españoles no solo reside en la belleza de sus colores, sino en la promesa de un banquete que solo la tierra puede ofrecer, y que requiere de paciencia, buen ojo y, sobre todo, mucho conocimiento y respeto.
El sabor amargo y delicioso de la primavera: Espárragos, tagarninas y otras joyas verdes.
Con la llegada de la primavera, el campo español, que en invierno a veces parece dormido, despierta con una explosión de vida y sabores.
Las lluvias primaverales y el sol templado hacen brotar una profusión de hierbas y brotes silvestres que son una delicia para el paladar y una inyección de vitalidad.
Los espárragos trigueros son, quizás, el estandarte de esta época. Delgados, fibrosos y con un sabor intenso y ligeramente amargo que no tiene nada que ver con sus primos cultivados.
Recogerlos, con la vista fija en el suelo, es un ritual que muchos mantienen vivo, y una tortilla de espárragos trigueros es una oda a la sencillez y al sabor auténtico.
Pero hay mucho más. Las tagarninas (Scolymus hispanicus), cardos silvestres de aspecto espinoso, esconden unos tallos tiernos y un sabor inconfundible, muy apreciadas en la cocina andaluza, especialmente en guisos o revueltos.
Los bledos (Amaranthus), las ortigas (Urtica dioica) (que pierden su capacidad urticante con el calor y se transforman en una verdura deliciosa y rica en minerales), las amapolas jóvenes o los dientes de león, con sus hojas ligeramente amargas y sus flores que alegran ensaladas.
Las hierbas aromáticas, que crecen salvajes por doquier, son otro regalo. El tomillo (Thymus vulgaris), el romero (Rosmarinus officinalis), la mejorana (Origanum majorana) o la lavanda (Lavandula angustifolia) no solo perfuman el aire, sino que elevan cualquier plato con su esencia pura y concentrada.
Estos son los sabores de la dehesa, de los campos pedregosos, de los bordes de los caminos: la esencia misma de una España rural que se niega a ser olvidada.
Mancharse los dedos de moras y preparar el pacharán del año
El final del verano y principios del otoño traen consigo la dulce recompensa de los frutos silvestres. Recorrer los caminos y encontrarse con zarzamoras cargadas de moras maduras es uno de esos pequeños placeres que nos conectan con la inocencia de la infancia.
Las moras (Rubus fruticosus), negras, jugosas y ligeramente ácidas, son perfectas para mermeladas, postres o simplemente para comerlas directamente del arbusto, manchándose los dedos y la boca.
Pero la naturaleza es pródiga y ofrece muchas otras delicias. Las endrinas (Prunus spinosa), pequeños frutos de un color azul oscuro intenso, son extremadamente astringentes en crudo, pero son la base ineludible del pacharán, el licor digestivo tan arraigado en Navarra y otras zonas del norte.
Su recogida es un ritual que anuncia el final del verano y el comienzo de las noches frescas, un trabajo lento que tiene su dulce recompensa meses después.
Los madroños (Arbutus unedo), con sus frutos redondos y de un color rojizo anaranjado, tienen una pulpa dulce y ligeramente harinosa. Las escaramujos (Rosa canina) o rosa mosqueta, ricos en vitamina C, son ideales para infusiones y mermeladas, con un sabor entre ácido y dulce.
Incluso las bellotas (Quercus spp.), alimento básico de la dehesa para cerdos ibéricos, pueden ser procesadas para consumo humano, ofreciendo una harina nutritiva y sin gluten que se utilizaba en épocas de escasez.
Estos frutos son el sabor de la tierra en su estado más puro, un recordatorio de que la dulzura no siempre viene envasada.
Vale, me has convencido. ¿Por dónde empiezo?

La fascinación por los alimentos silvestres es contagiosa, pero la prudencia es la madre de la sabiduría. Adentrarse en el mundo de la recolección sin un conocimiento adecuado puede ser no solo frustrante, sino peligroso.
La clave para empezar es la humildad, la paciencia y un deseo genuino de aprender. No se trata de «conquistar» el monte, sino de ser un aprendiz respetuoso de sus secretos.
Primero, los libros: La humildad de aprender antes de coger la cesta.
Antes de dar el primer paso fuera de casa, la mejor herramienta es, sin duda, un buen libro. Las guías de campo son esenciales. Invertir en una o dos buenas guías de identificación de flora y hongos de tu región es el primer mandamiento del recolector.
Estas guías deben ser detalladas, con buenas fotografías y descripciones claras de las características distintivas de cada especie, así como de sus posibles «dobles» tóxicos.
Pero los libros son solo el comienzo. Complementa esa lectura con cursos especializados o talleres de identificación. En España, hay numerosas asociaciones micológicas y grupos de botánica que organizan salidas y formaciones.
Aprender de expertos experimentados es invaluable. Ellos no solo te enseñarán a identificar, sino a observar el entorno, a entender los ecosistemas, a leer las señales que la naturaleza ofrece.
La prudencia es clave: ante la mínima duda sobre la identificación de una especie, la regla de oro es NO CONSUMIRLA. La naturaleza es generosa, pero también implacable con los imprudentes.
Ahora sí, ponte las botas: El equipo básico y los mejores lugares para iniciarse
Una vez que tengas una base sólida de conocimiento y hayas aprendido a identificar algunas especies clave, es hora de equiparse. Pero no pienses en grandes inversiones.
El equipo básico de un recolector es sorprendentemente sencillo y funcional, reflejando la humildad de la práctica:
- Una buena cesta de mimbre o esparto: Es fundamental. Permite que las esporas de los hongos y las semillas de las plantas se dispersen mientras caminas, contribuyendo a la reproducción del ecosistema. Además, evita que los ingredientes se aplasten.
- Una navaja micológica (o una navaja de campo afilada): Esencial para cortar los tallos de los hongos o las hierbas de forma limpia, sin dañar la raíz ni el micelio. Muchas vienen con un cepillo para limpiar la tierra.
- Guantes de trabajo: Útiles para ortigas, zarzas o para protegerte de la tierra.
- Botas de montaña cómodas y resistentes al agua: Caminarás por terrenos irregulares y posiblemente húmedos.
- Ropa adecuada: Que te proteja de las ramas, los insectos y los cambios de temperatura.
- Móvil con batería y GPS (opcional): Para ubicarse y, en caso de apuro, pedir ayuda.
- Botella de agua y algo de comer.
¿Y dónde buscar? Los mejores lugares para iniciarse suelen ser aquellos que ya conoces y que te permiten pasear con tranquilidad:
- Fincas o propiedades privadas (con permiso): Si tienes acceso a una, es un entorno controlado y seguro.
- Montes públicos y caminos rurales: Son accesibles, pero es crucial informarse sobre las normativas de recolección locales (licencias, cantidades, especies protegidas).
- Riberas de ríos y arroyos: Suelen ser ricos en plantas acuáticas o de humedad, y ofrecen paisajes preciosos.
- Bordes de caminos y campos abandonados: Sorprendentemente, pueden albergar una gran cantidad de «malas hierbas» comestibles como el diente de león, la verdolaga o las ortigas.
Comienza con lo que sea fácil de identificar y abundante, como las moras, los espárragos trigueros, o algunas hierbas muy comunes. A medida que ganes confianza y conocimiento, podrás adentrarte en la búsqueda de especies más complejas.
Las 3 reglas no escritas: Coge poco, deja rastro cero y pide siempre permiso.
La recolección es un privilegio, no un derecho, y viene con una profunda responsabilidad. Para que la naturaleza siga siendo generosa, debemos serlo con ella. Aquí están las reglas fundamentales, esenciales para cualquier recolector ético:
- Coge poco (la regla del 10-20%): Nunca, bajo ninguna circunstancia, arrases con todo un parche. Deja siempre una gran parte de las plantas o setas para que se reproduzcan, para la fauna local y para otros recolectores. Piensa que eres un visitante que toma prestado, no un dueño que explota.
- Deja rastro cero (o mejor, positivo): Tu presencia no debe notarse. No dejes basura, no dañes otras plantas ni los árboles. Si mueves ramas o rocas para ver algo, vuelve a dejarlas como estaban. Algunos recolectores incluso recogen basura que encuentran, dejando el lugar mejor de lo que lo encontraron.
- Pide siempre permiso (legalidad y respeto a la propiedad): En España, gran parte del terreno es propiedad privada o montes gestionados por ayuntamientos o comunidades. Siempre infórmate si necesitas licencia de recolección (especialmente para setas) y respeta las propiedades privadas. Un buen recolector es un ciudadano ejemplar.
¿Quiénes son los que mantienen viva esta llama?

La pasión por los alimentos silvestres no es una chispa que se enciende y se apaga; es una llama que se ha mantenido viva a lo largo de los siglos, alimentada por diferentes manos y voces.
Desde la alta cocina hasta la sabiduría popular, la conexión con lo salvaje sigue definiendo una parte esencial de nuestra identidad gastronómica.
Los chefs estrella que salen del restaurante para entrar en el bosque
En las últimas décadas, la alta cocina española ha mirado más allá de las fronteras para inspirarse, pero también ha vuelto sus ojos a la riqueza inabarcable de su propio territorio.
Chefs de renombre internacional han abrazado la filosofía de la recolección, llevando el paisaje, el monte, el río y el mar directamente al plato.
En el Norte, figuras como Eneko Atxa (Azurmendi, 3 Estrellas Michelin), con su profundo respeto por el entorno vasco, integra en su cocina hierbas silvestres, flores y productos del bosque de su propio jardín comestible y de las cercanías. Su cocina es un diálogo constante con la naturaleza que le rodea, una celebración de la biodiversidad local.
En Cataluña, la filosofía de la «cocina de cercanía» y la reivindicación del producto local es una constante. Muchos restaurantes de vanguardia incorporan setas de temporada, hierbas de montaña o algas del Mediterráneo en sus propuestas, transformando lo que antes era «humilde» en «alta gastronomía».
Estos chefs no solo buscan un ingrediente nuevo; buscan una historia, una esencia, una conexión más profunda. La recolección se convierte en una extensión de su creatividad, un ritual que les permite entender el origen de los sabores y transmitir esa pureza a sus comensales.
Su trabajo es una oda al territorio, una demostración de que el lujo verdadero reside en la autenticidad y la estacionalidad de lo que la tierra nos ofrece.
El verdadero secreto está en los pueblos: La sabiduría que no sale en los libros
Pero la verdadera savia de la cocina silvestre en España no reside únicamente en los grandes restaurantes, sino en la memoria colectiva de los pueblos, en las manos callosas de los campesinos y, sobre todo, en la sabiduría transmitida de generación en generación. Las abuelas, las tías, los mayores del lugar son los verdaderos «maestros recolectores».
Ellos no le llaman «foraging». Lo llaman «salir al campo a por…» o «esto que mi madre lo echaba en el guiso». Su conocimiento es empírico, forjado a base de años de observación, de prueba y error, de entender los ciclos de la luna, el olor de la tierra antes de una lluvia, o dónde buscar el mejor cardillo según la exposición al sol.
Saben identificar cada hierba por su hoja, por su tallo, por su olor, y conocen sus propiedades culinarias y a menudo medicinales.
Recetas como las tagarninas esparragás en Andalucía, las sopas de ajo con setas de Castilla, o los guisos de hierbas de la montaña que se preparan en los Pirineos, son ejemplos de cómo la cocina popular ha integrado magistralmente los productos silvestres.
Esta sabiduría ancestral es un tesoro inmaterial, un legado que debemos proteger y aprender, pues es la base auténtica de nuestra gastronomía y una guía para una relación más armoniosa con nuestro entorno.
La cesta y la navaja: ¿Por qué nos obsesiona tanto a los españoles ir a por setas?
La recolección de setas en España es mucho más que una actividad culinaria; es un fenómeno cultural, casi un deporte nacional en algunas regiones.
Cuando llega el otoño, el país se llena de un tipo particular de «fiebre» que no tiene cura, solo satisfacción. ¿Por qué esta obsesión?
Hay varios factores que explican esta profunda conexión:
- Tradición arraigada: Para muchas familias, salir a buscar setas es una tradición que se repite año tras año, un ritual que evoca la infancia y la conexión con la naturaleza.
- Conexión con la tierra: Es una forma tangible de reconectar con el campo, de respirar aire puro, de ejercitar el cuerpo y la mente en un entorno natural.
- El placer de la búsqueda y el hallazgo: Hay algo profundamente satisfactorio en el acto de la búsqueda, de la paciencia, de la agudeza visual. Encontrar un buen ejemplar de boletus escondido entre las hojas secas es una pequeña victoria, un tesoro descubierto.
- El valor gastronómico: Las setas silvestres tienen un sabor y una textura inigualables, que elevan cualquier plato. Saber que las has recolectado tú mismo añade un extra de orgullo y disfrute.
- La socialización: Muchas veces, ir a por setas es una actividad social. Se va en familia o con amigos, se comparten los hallazgos, se discuten las especies y se celebra la jornada con una comida conjunta.
- El misterio y la aventura: El bosque es un lugar de misterio. Cada salida es una aventura, un encuentro con lo inesperado, con la belleza oculta.
La cesta y la navaja no son solo herramientas; son símbolos de una pasión, de una conexión con los ritmos de la naturaleza que, a pesar de la modernidad, se resiste a desaparecer y sigue siendo un pilar fundamental de nuestra identidad.
Al final, esto no va solo de comida, ¿verdad?

Al ahondar en la práctica de la recolección, pronto nos damos cuenta de que el alcance de esta filosofía va mucho más allá de lo que ponemos en el plato.
Es una forma de entender el mundo, de situarnos en él, y de redefinir nuestra relación con la naturaleza y con nosotros mismos. Es una invitación a la reflexión, a la humildad y a un respeto profundo por los ciclos de la vida.
Ser parte del paisaje, no solo un visitante
La mentalidad extractivista, predominante en muchos de nuestros sistemas, nos ha enseñado a ver la naturaleza como un mero recurso a explotar.
La recolección consciente, sin embargo, propone una visión radicalmente diferente: la de ser un participante activo en el ecosistema, no un mero observador ni un depredador. No se trata de cosechar de la naturaleza, sino de coexistir con ella.
Cuando te adentras en el monte con la intención de recolectar, no vas a saquear. Vas a observar, a aprender, a entender el delicado equilibrio.
Ves cómo una especie depende de otra, cómo el suelo nutre al árbol, cómo los insectos polinizan las flores. Te conviertes en parte de ese engranaje, entendiendo que tu acto de tomar un poco debe ser compensado con el acto de dejar mucho.
Esta filosofía nos enseña que somos parte de un todo, no sus dueños. Nos insta a cultivar una relación de reciprocidad, donde nuestro bienestar está intrínsecamente ligado a la salud del entorno. Es cocinar de una manera regenerativa, que alimenta no solo a las personas, sino también a la tierra que nos sostiene.
El sabor que nos recuerda de dónde venimos
En un mundo globalizado donde los sabores tienden a la homogeneización, los alimentos silvestres son un ancla a la identidad, a la raíz.
Son el sabor de nuestro «terroir» en su expresión más pura. Cada bocado de una seta recién cogida, de un espárrago silvestre o de una mora de zarza, es un viaje en el tiempo y el espacio. Es el sabor de la tierra que pisamos, del aire que respiramos, de las lluvias que mojan nuestros campos.
Es una reconexión con nuestras raíces culturales. España, con su diversidad paisajística, tiene una riqueza gastronómica inmensa ligada a lo silvestre.
Recuperar y cocinar con estos ingredientes es mantener viva una parte de nuestro patrimonio inmaterial, un hilo que nos une a las generaciones pasadas y a la historia de nuestro propio territorio.
Es un acto de memoria, de respeto por los conocimientos populares que se han forjado a lo largo de los siglos. Comer lo silvestre es, en esencia, comer identidad.
Un recordatorio importante: La naturaleza es generosa, pero exige respeto.
El encanto de la recolección es innegable, pero la fascinación debe ir de la mano de una seriedad inquebrantable. La naturaleza es generosa, sí, pero también es compleja y, en ocasiones, peligrosa para el inexperto.
La línea entre una planta comestible y una tóxica puede ser imperceptible para el ojo no entrenado. La euforia del descubrimiento no debe nublar nunca la cautela.
La educación es, por tanto, el pilar fundamental de esta práctica. Nunca se debe consumir algo de lo que no se esté 100% seguro de su identificación.
Las guías fiables, los expertos, las asociaciones micológicas y botánicas son nuestros mejores aliados. Además, debemos conocer y respetar las regulaciones locales.
En España, las normativas sobre la recolección de setas, hierbas o frutos varían mucho de una comunidad autónoma a otra, e incluso de un municipio a otro. Ignorar estas leyes no solo puede acarrear multas, sino que puede dañar la sostenibilidad de los ecosistemas.
La recolección es un privilegio que nos permite una profunda conexión con la tierra, un lujo que nos devuelve al ritmo auténtico de la vida.
Pero este privilegio conlleva la responsabilidad de proteger lo que amamos. La naturaleza nos ofrece sus tesoros, pero a cambio nos pide nuestra prudencia, nuestro conocimiento y nuestro respeto incondicional.
Solo así podremos asegurar que esta maravillosa despensa salvaje siga estando ahí, esperando ser descubierta por las generaciones futuras. En cada tallo, en cada hoja, en cada raíz, redescubrimos que el alimento, en su forma más pura, no se hace; se encuentra.
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