Henri Matisse en el Grand Palais

María de Juan


Paris celebra un merecido homenaje al Matisse mas genial, dedicando una importante exposición a sus últimos años, cuando el artista dio un giro radical, reinventando su arte. Lejos de ser su ocaso, representa un momento cumbre del arte del siglo XX.

Con 72 años, debilitado por la enfermedad, Henri Matisse (1869-1954) podría haber abandonado sus pinceles. Pero hizo todo lo contrario: optó por recrear un arte nuevo, desde 1941 hasta su muerte en Niza.

Postrado en cama, con insomnio, Henri saltó a una nueva dimensión, fijando formas de colores a las paredes de su habitación como alas de mariposa.

Esta extraordinaria metamorfosis es el tema de “Matisse, 1941-1954” en el Grand Palais en colaboración con Centre Pompidou (24 marzo-26 julio 2026). Es el evento más ambicioso dedicado a Matisse en Francia, con 230 obras de museos y colecciones privadas del mundo.

Líder del Fauvismo, dedicó su vida a buscar la armonía entre dibujo y color. 

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En la II Guerra Mundial, abandonó su ciudad natal, Paris y se separó de su esposa Amélie, para instalarse en Niza. 

Lidia Delektórskaya, emigrante siberiana, fue la mujer clave desde entonces. 

El tenía 63 y ella 22 años. Pasó de ser su asistente a su musa. Fue una relación compleja durante 22 años.

A pesar de las tensiones con la esposa de Matisse, Lidia permaneció a su lado toda su vida.

En 1941 sobrevivió a una operación intestinal que le dejó gravemente debilitado. Lidia le cuidó pero el nunca mas volvió a pintar de pié. Para el artista hubo un antes y un después.

Escribió a su hijo Pierre:

«Mi operación fue algo extraordinario a nivel mental. Equilibró mi mente y clarificó mis ideas. Es como el amanecer de una segunda vida pero no creo que vaya a durar mucho»

Montó su estudio en el antiguo Hotel Regina, al borde del Mediterráneo. 

Libre y desapegado del pasado, Matisse se reinventó, embarcándose en una nueva etapa, un breve resurgir a la vida. Sentía que tenía los días contados y creó infinidad de bocetos.

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Con su nueva técnica, papel coloreado con gouache, recortado con tijeras, ensamblado y pegado, Matisse consiguió esculpir la materia prima con color y preservar la frescura de su creatividad juvenil.

«Yo dibujo con tijeras»

Inventó los découpages (collages de recortables). 

Matisse logró una síntesis única de línea y color: la tensión fundamental a lo largo de su vida artística.

Ante la imposibilidad de pintar, usó las tijeras como únicos pinceles. Mantenerse de pie le resultaba doloroso pero nunca antes fue tan productivo. 

Editorial Tériade le propuso crear un manuscrito de pinturas modernas. Escogió como tema, música y danza del Jazz y concibió sus obras en acuarela y gouache.

Según Claudine Grammont, experta del Centre Pompidou, el decoupage no fue una solución provisional impuesta por la enfermedad, sino su obra cumbre.

«No hay ruptura entre mis primeras pinturas y mis recortes»

Su álbum Jazz se consagró como primera obra maestra con este proceso (1943). 

Los formatos son variados. Dibujos a carboncillo y tinta de extrema espontaneidad. Pierre Schneider los definió “nuevas obras maestras del Fauvismo”.

El decoupage, gouache recortado, se convirtió en creación en sí misma, una nueva forma de arte móvil, viva, etérea…

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La exposición reúne un tesoro de obras maestras y préstamos sin precedentes: Barnes Foundation (Filadelfia), Pinacoteca Agnelli (Turin), National Gallery y Phillips Collection (Washington)…

Desnudos Azules y Bailarina Criolla se reúnen excepcionalmente por primera vez. Otra primicia: la vidriera La Vid, donada al Centro Pompidou.

Con 72 años, tras estar al borde de la muerte, Matisse inició una segunda vida con Lidia, reinventando su arte con nuevas técnicas de un estilo exuberante y rompedor.

Tras cincuenta años de creación, este florecimiento le permitió desarrollar un método de dibujo serial, publicado en Dibujos, temas y variaciones (1943) con texto de Louis Aragon

Son 158 dibujos explorando modos de dibujo, a carboncillo y variaciones con lápiz o tinta.

Matisse trabajaba sobre su modelo, Lidia, de forma muy consciente, aprendiéndola de memoria. 

Sus obras despliegan una explosión de energía, con un solo trazo, sin vacilación. Los describió como cine de sensaciones. Cada secuencia era terminada sin correcciones.

Matisse había creado decoupage para componer La danza en Filadelfia (1933) e ilustrar portadas de revistas (Cahiers d’Art, Verve), pero fue en sus maquetas para Jazz donde lo sublimó.

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Grand Palais presenta planchas del álbum, composiciones en planos de color puro de donde emergen cristalizaciones, recuerdos del circo, viajes y cuentos populares. 

La violencia de la guerra está presente en Caída de Icaro con amarillos soles, estrellas, explosiones y proyectiles.

Las pinturas recortadas dejaron de ser un simple paso intermedio en su creación para convertirse en un medio de expresión autónomo. 

Eran perfectos para libros y proyectos puramente decorativos como tapices, vidrieras, cerámica, telas…

Matisse culminó esta técnica en la Capilla del Rosario en Vence (1950). Concebida como obra de arte total, abarcaba mobiliario, vestimenta litúrgica, iconografía, vidrieras, cerámicas, casullas… todo en perfecta armonía. 

Pintó decoupages en gran formato: Caracol, Memoria de Oceanía, Dolor del Rey

Para expresar la luz interior, el artista regresó en 1948 a su antiguo estudio de Niza. 

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Las dimensiones del Hotel Regina, le permitieron trabajar a escala y crear enormes bocetos para vidrieras directamente sobre las paredes, pegando papeles recortados. 

Cristales azul pálido muestran una explosión de algas de colores sobre fondo geométrico. 

Un jardín tras una columnata nos permite vislumbrar el cielo. 

Este Arbol de la Vida está inspirado en su propia experiencia vital: el renacer de una vida vibrante tras las sombras de la enfermedad.

Para liberarse del pasado y ascender al reino del paraíso, es necesario romper las ataduras.

Pablo Picasso, su eterno amigo y rival, sentía por Henri una relación amor-odio que culminó en profunda admiración. Antes de morir, confesó: 

«Solo existe Matisse»

Nada puede inspirar la intensidad de la vida como estas creaciones absolutamente innovadoras. 

Un Matisse anciano y enfermo, renació en el ocaso de su vida para inventarse un nuevo arte, totalmente único e innovador, fuente de inspiración para generaciones futuras hasta hoy.

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