Del pincel onírico al código roto: ¿es el arte glitch el nuevo surrealismo?

Neo

Hay imágenes que actúan como fisuras en la realidad. Un reloj que se derrite sobre la rama de un árbol muerto, un hombre con una manzana verde flotando ante su rostro, un tren que emerge, humeante, de una chimenea doméstica.

Son postales de un mundo que no obedece a la física, sino a la lógica subversiva de los sueños. Durante casi un siglo, hemos llamado a este universo Surrealismo, el mapa de los territorios inexplorados de la mente.

Ahora, avancemos rápido. La fisura ya no está en un lienzo al óleo, sino en la pantalla que ilumina nuestro rostro. Una videoconferencia que se congela en un mosaico de píxeles grotescos, una fotografía digital que se desgarra en franjas de colores psicodélicos, un sistema operativo que colapsa en una cascada de código ininteligible.

A estos espasmos de la máquina los llamamos glitches, errores. Sin embargo, para una generación de artistas digitales, estos fallos no son accidentes que lamentar, sino oportunidades que provocar.

A primera vista, un abismo de casi un siglo y toda una revolución tecnológica separa al arte glitch y surrealismo. Uno nació del psicoanálisis y la rebelión contra la razón; el otro, de la arquitectura de von Neumann y los fallos de la memoria RAM.

Pero si se mira de cerca, bajo la superficie de sus respectivos medios, se revela un ADN compartido, un impulso idéntico: el de sabotear lo predecible y encontrar la belleza en lo que, por norma, consideramos roto.

La pregunta, entonces, no es si se parecen, sino si el arte glitch es, en esencia, la reencarnación del espíritu surrealista en la era del silicio.

¿Qué es el surrealismo? La revolución del subconsciente

arte surrealismo
Arte surrealismo.

Reducir el Surrealismo a los relojes blandos de Salvador Dalí es como describir el océano por una sola de sus olas: una imagen icónica que apenas sugiere la inmensidad y la fuerza que yacen debajo.

Para entender su verdadera potencia, hay que viajar a París, a la resaca de la Primera Guerra Mundial. En 1924, un joven poeta y médico llamado André Breton, hastiado de la carnicería provocada por la lógica y el nacionalismo, publica el primer Manifiesto del Surrealismo.

Su propuesta era una bomba: liberar la mente de las cadenas de la razón, la moral y la estética convencionales para acceder a una realidad superior, una surrealidad.

La llave para abrir esta puerta fue el automatismo psíquico. Inspirado en las teorías de Freud, Breton proponía un método de creación (ya fuera escritura, dibujo o pintura) que fluyera directamente del subconsciente, sin el filtro del pensamiento consciente.

Era un intento de transcribir los sueños en estado de vigilia, de dejar que la mano se moviera por impulsos, asociando imágenes y palabras de manera libre e irracional. El resultado eran obras que nos perturban y fascinan porque operan con la misma lógica ilógica de nuestros paisajes oníricos.

Este impulso fue el motor de artistas como Max Ernst, quien mediante técnicas como el frottage (frotar un lápiz sobre papel puesto en una superficie rugosa) dejaba que el azar revelara formas inesperadas.

O René Magritte, cuyas pinturas son acertijos visuales que dinamitan la relación entre el objeto, su imagen y su nombre. Todos ellos, a su manera, no buscaban pintar la realidad, sino cuestionar su propia naturaleza.

El legado del Surrealismo no es solo un catálogo de imágenes extrañas, sino una metodología para la insurrección perceptual. Nos enseñó que la «verdadera función del pensamiento», como decía Breton, solo se manifiesta en ausencia de todo control ejercido por la razón.

El arte glitch: encontrando belleza en la imperfección digital

arte glitch
Arte glitch.

Si el Surrealismo buscaba dinamitar la dictadura de la razón, el Arte Glitch encuentra su génesis en el momento preciso en que la lógica digital colapsa.

Nace en el crujido, en el error de cálculo, en el dato corrupto. Durante décadas, un glitch fue simplemente un fantasma en la máquina, una molestia para programadores y usuarios.

Sin embargo, a finales del siglo XX, artistas y músicos comenzaron a ver estos fallos no como un defecto, sino como una estética. Comprendieron que el error del sistema tenía una voz propia, un lenguaje visual caótico y extrañamente hermoso.

Así, el glitch pasó de ser un accidente a ser una herramienta. Los artistas se convirtieron en saboteadores deliberados, en arqueólogos de datos corruptos.

Desarrollaron técnicas para «romper» la tecnología de forma controlada y estética. Una de las más emblemáticas es el databending, que consiste en abrir un archivo de un tipo (por ejemplo, una imagen JPEG) con un programa diseñado para otro (como un editor de audio).

Al manipular los datos como si fueran ondas de sonido y guardar el archivo, la imagen original se descompone en patrones impredecibles, colores ácidos y texturas fracturadas.

Otras técnicas como el circuit bending, la modificación física de circuitos en juguetes o sintetizadores para producir sonidos y visuales erráticos, o el datamoshing, la eliminación de fotogramas clave en un video para que los píxeles de una escena «sangren» sobre la siguiente, expandieron el arsenal.

Artistas como Rosa Menkman, teórica y practicante clave del movimiento, han explorado el «momento del glitch» como una ruptura que revela las estructuras normalmente invisibles de la tecnología que nos rodea.

El Arte Glitch, por tanto, no es solo hacer que las cosas se vean rotas; es un acto de excavación que expone el esqueleto del código, la fragilidad de nuestros perfectos mundos digitales. No son meros destructores; son traductores del ruido inherente al sistema.

El hilo conector: puntos de encuentro entre arte glitch y surrealismo

Aquí es donde los dos mundos, aparentemente dispares, colisionan y revelan su ADN compartido. La conexión no es una simple coincidencia estética, sino una profunda afinidad filosófica y metodológica. Ambos movimientos son, en su núcleo, una forma de rebelión contra una forma de perfección impuesta.

El primer punto de encuentro es la rebelión contra la realidad normativa. Los surrealistas se alzaron contra la realidad burguesa, su lógica cartesiana y su estética complaciente.

Consideraban que este mundo visible y racional era una jaula para el espíritu humano. De forma análoga, el Arte Glitch se rebela contra la estética pulcra, funcional y sin fricciones del ecosistema digital.

En una cultura dominada por interfaces de usuario intuitivas, filtros de Instagram que embellecen la realidad y sistemas que buscan la eficiencia perfecta, el glitch es un acto de desobediencia.

Es un recordatorio de que bajo esa superficie lisa y funcional hay un caos de unos y ceros, un sistema propenso al colapso.

El vínculo más fuerte, sin embargo, es el azar como musa. El automatismo surrealista era un método para rendir el control consciente y permitir que el subconsciente, a través del azar y la asociación libre, dictara la obra.

El artista se convertía en un médium. El artista glitch realiza un ritual similar: al corromper un archivo o cortocircuitar un dispositivo, también cede el control.

Entrega su intención a la lógica impredecible del sistema, al error aleatorio del código. No sabe exactamente qué tipo de patrón visual emergerá de un archivo de sonido mal interpretado, al igual que Max Ernst no sabía qué formas revelaría la textura de un suelo de madera. En ambos casos, el artista inicia un proceso, pero es el azar (psíquico o digital) quien tiene la última palabra.

Finalmente, ambos crean nuevas realidades con lógicas internas propias. Los paisajes oníricos de Yves Tanguy o las escenas incongruentes de Magritte no son caóticos; simplemente operan bajo un conjunto diferente de reglas.

Del mismo modo, una obra de arte glitch no es solo ruido visual. A menudo presenta patrones, ritmos y texturas consistentes dentro de su propia descomposición.

Son mundos virtuales deconstruidos que nos invitan a encontrar sentido y belleza en un sistema de reglas que no es el nuestro, sino el de la máquina hablando en sueños.

El surrealismo 2.0: ¿cómo expande el glitch el legado surrealista?

El Arte Glitch no es un simple eco en una cámara digital. Es una expansión, una mutación que lleva el impulso surrealista a un territorio que Breton jamás pudo imaginar.

Si los surrealistas declararon que el arte debía explorar la mente, los artistas del glitch proponen que la máquina misma puede ser una extensión de ese subconsciente.

El código informático, con su complejidad casi infinita y su capacidad para generar resultados inesperados, se convierte en el nuevo inconsciente colectivo, un vasto océano digital del que se pueden pescar monstruos y maravillas.

Además, el Glitch actualiza la función de crítica social del Surrealismo. Si los surrealistas usaban lo absurdo para criticar una sociedad que consideraban hipócrita y represiva, los artistas del glitch usan el error para cuestionar nuestra relación con la tecnología.

Sus obras son un grito en la catedral del silicio. Nos obligan a confrontar nuestra dependencia de sistemas frágiles, nuestra fe ciega en la infalibilidad de los datos y nuestra obsesión por una perfección digital que es, en sí misma, una ilusión.

El glitch revela que nuestros avatares, nuestras identidades curadas y nuestros recuerdos almacenados en la nube son vulnerables, propensos a la corrupción y al olvido.

Pero quizás la expansión más radical sea la democratización de la irracionalidad. Para practicar el automatismo psíquico se requería una introspección profunda, una disciplina casi mística.

Para crear arte glitch, en cambio, las herramientas están al alcance de casi cualquiera con un ordenador. La capacidad de deconstruir la realidad digital ya no es el dominio de una élite de vanguardia, sino una posibilidad abierta.

Esta accesibilidad transforma la rebelión surrealista de un gesto artístico a una práctica cultural potencialmente masiva, un lenguaje vernáculo de la era de la información.

La línea que une el manifiesto de André Breton con un JPEG corrupto es, por tanto, mucho más corta y directa de lo que parece.

El arte glitch y surrealismo son lenguajes de diferentes épocas que responden a un mismo impulso humano fundamental: el deseo de mirar detrás del velo, de cuestionar lo que se nos da como real y de encontrar significado en lo que se nos presenta como un error.

El espíritu que animó a los salones parisinos de los años veinte no se desvaneció con la modernidad. No murió; se actualizó. Migró del lienzo al monitor, del subconsciente freudiano a la memoria volátil de un procesador.

Encontró en el fantasma de la máquina un nuevo lienzo para pintar los sueños, las ansiedades y las extrañas verdades de una era definida por el código.

El Surrealismo no ha sido reemplazado; simplemente ha aprendido a hablar en un nuevo idioma, el lenguaje universal del glitch.

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